Acudió a recoger su férula casi con ilusión, porque en serio creyó que sería la panacea, la solución a su rechinar nocturno, a su dolor de mandíbula matinal. En la sala de espera contó otros 7 pacientes aguardando lo mismo con cara de circunstancias y un montón menos de euros en los bolsillos.

– Joder con el estrés – pensó-, nos dan a morder un hueso de goma como a un perrico.

Pero resultó no ser de goma el hueso. Cuando por fin abrió el estuche blanco de plástico, se encontró una pieza de tortura de cierto color rosa ortopédico, que resultó incómoda y dura como la verdad del barquero.

Mordió de nuevo con la esperanza de ablandar o al menos amoldar una pizca semejante cuerpo extraño que oprimía sus dientes inferiores e impedía cerrar del todo la boca, pero tan sólo consiguió pellizcarse por dentro los carrillos.

Pasó la noche en vela, babeando como Carlos II y maldiciendo cada vez que, al tragar saliva, llovía sobre mojado y de nuevo masticaba las llagas dentro de sus mejillas. Así que llegó la mañana y metió la férula en su ataúd de plástico barato y el ataúd de plástico barato en un cajón. Y olvidó el contenido del cajón.

– Es una pena, una muela tan sana y tan hermosa…- comentaba su dentista cariacontecido semanas después-. Ya no es fisura: se ha partido de arriba abajo, querida. Hay que sacarla.

Pasó un tiempo. Y hubo un día en que miró un escaparate y entró en una pequeña tienda.

Sin saber muy bien por qué, compró unas preciosas agujas de madera multicolor unidas por un cable extraño y divertido, de un amarillo brillante y un magnífico ovillo de lana del color de la arena, porque al entrar recordó a su yaya tejiendo en una silla baja, y a una versión diminuta de ella misma a sus pies, observando con los ojos muy abiertos. Rememoró un tiempo de madejitas de lana de mil colores, ganchillos finos como agujas, agujas de pasta rematadas por bolitas de resina, cuadraditos de colores, bufandas de trenza, horquillas de moño que recogían puntos…

Esa tarde dejó el bolso tirado en cualquier sitio y casi saltó al sofá.

Abrió su bolsita, sacó sus nuevas herramientas y…¡sorpresa! recordaba cómo montar puntos ¡y cómo tejerlos del derecho y del revés! Volvió a pensar en su yaya y en su niñez y agradeció al destino haber encontrado su antigua pasión.

Nunca supo cuánto tiempo anduvo entre puntadas y recuerdos, pero cuando miró por la ventana y observó la noche quedó quieta, envuelta en una especie de fanal de bienestar. Tranquila.

Pero lo que más le asombró fue comprobar que había dejado de sufrir su mandíbula, que por fin dejaba de presionar y parecía haber recuperado su ángulo natural.

Y le maravilló sentir, tímida pero relajada, la punta de su lengua entre los dientes.